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Echo de menos los fines de semana perfectosEl pasado, lo fue. Volví a enamorarme de Guatemala, de su gente, de su diversidad tanto en su paisaje como en sus razas. Todo, de repente, volvió a merecer la pena. Por un rato, no había rastro de la angustia, de la melancolía, que me invade, de vez en cuando, y solo me preocupé por disfrutar. Me olvidé de todo lo malo, del agobio en el trabajo, del terrible cansancio que tenía, de los horribles mosquitos, del barro, de las caídas en el barro, del gran calor, del sudor, de que tenía que compartir habitación con dos personas y sin baño propio, de que no había casi cervezas, ni tampoco luz eléctrica. Y aún así, era (es) el paraíso. Por lo menos, lo más cercano que yo he estado.
Ya tenía programado desde hacía tiempo ir a Izabal, el único departamento de Guatemala con mar Atlántico, es decir, caribeño, con los de la Unión Europea para hacer un reportaje sobre la formación que habían impartido en la zona a varios sectores de trabajadores para saber atender a los turistas, sobre todo, los que vienen de cruceros y que atracan en Santo Tomás de Castilla. Me encantaba la idea, pues no conocía aún esta parte del país y hacía tiempo que había intentado ir para hacer otros tipos de trabajos, que al final nunca se llevaron a cabo. (Algún día, lo prometo, aunque solo sea para mi blog, haré un reportaje sobre los rastafaris que viven en Livingston!!!). Pero, la casualidad y la suerte hicieron que surgiera, de repente, una invitación de la fundación ecológica Fundaeco, para que fuera a un ecoalbergue en el Río Sarstún, en la frontera entre Guatemala y Belice. Sin dudarlo, dije: sí.
El viaje fue un poco matado. Comenzó el sábado a las 4.30 horas de la madrugada. Después de un par de paradas, (no dormí casi nada) llegamos a Puerto Barrios a las 10 horas. De ahí, el trayecto tenía que continuar en lancha. Dos horas después estábamos en el ecoalbergue. Es un sitio paradisíaco alejado de todo y de todos. De hecho, está en una reserva natural y ni llega la luz eléctrica, usan paneles solares que mantienen iluminada, en parte, la casa, pero solo de forma parcial, en puntos estratégicos para no dejarte en la más absoluta oscuridad. Lo tienen muy bien montado. Las comunidades cercanas están implicadas en el proyecto turístico. Hay un par de guardianes guías y varias mujeres, de la etnia queqchí, encargadas de proporcionar el desayuno, el almuerzo y la cena. Por primera vez, probé el famoso tapado, típico plato garífuna –una de las razas de la zona, proveniente de los africanos- hecho a base de mariscos, coco y plátanos. ¡Realmente riquisísisimo!
Cuando se está allí lo que más apetece es meterse al mar-río (se juntan y ya no sabes cuál es el límite), aunque en el ecoalbergue está el río. Pero nos proponen hacer un recorrido en kayak (especie de piragua) hasta la Lagunita Creek y no se puede rechazar. Para mí fue la primera vez y me fascinó. Una vez allí, en vez de disfrutar de su preciosa, esta vez mucho más, agua verdosa y azulona, organizan un recorrido por la selva. Samuel, el guía, cuenta anécdotas curiosas de cada planta o animal. El paseo lo acabamos admirando un cenote (pozo) de 60 metros de altura con aguas, de nuevo, espectaculares e inapreciables en fotografías. Antes de volver al ecoalbergue, esta vez sí, nos damos un buen chapuzón en Lagunita Creek, que se caracteriza, además del color, porque se junta agua caliente con fría. Una vez de regreso, en kayak, disfrutamos del atardecer y de la luna llena enorme que se asoma descaradamente entre las nubes. Luego, la cena, más pescado rico, y unas cervezas que saben deliciosas (aunque hay pocas, muy pocas) y caigo literalmente muerta en la cama. Al día siguiente nos esperaba otro día bastante duro. Hay que levantarse a las 6 de la mañana para hacer otro recorrido por el mar-río en lancha para avistar aves. Otra vez, Samuel y sus compañeros de Fundaeco, nos ilustran con el nombre y las características de cada animal que observamos gracias a los prismáticos que nos prestan. Menos mal que cuando empiezan a sonarnos las tripas del hambre regresamos para hacer nuestra última comida en el albergue. Después partimos para Livingston, que comparándolo con el río Sarstún, no me gusta mucho, y por último, a Puerto Barrios, donde me despido de mis compañeros ya que ellos marchan para la capital, pero yo me tengo que quedar un par de días más para hacer el reportaje con los de la Unión Europea, quienes a su vez, me llevan a un bonito parque, llamado Las Escobas, con grandes cataratas y también, lindas aguas.
PD: Lo malo de estos viajes es que hace que otros fines de semana, como el de hoy, parezcan mucho peores de lo que ya son normalmente. Me doy cuenta que solo estoy satisfecha si viajo o si hago algo diferente y eso es sumamente difícil, así que estoy condenada a la insatisfacción permanente jejeje en fin... resignación.
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